viernes, 27 de abril de 2012

Crítica al ensayo "La civilización del espectáculo" de Mario Vargas Llosa. Elogio a la aristocracia cultural.


El último de los mohicanos

En 'La civilización del espectáculo', Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él. Parece añorar los buenos tiempos en que una élite —justa e ilustrada— conducía nuestras elecciones.


Por: Jorge Volpi. Escritor mexicano.

El último sabio de la tribu recorre el campo de batalla. Ante su mirada comparecen los árboles troceados, las cabañas incendiadas, los cuerpos exangües, los restos del pillaje y el saqueo, y no contiene su furia. Levanta los brazos y, con voz de trueno, impreca contra los bárbaros que han transformado al mundo en un páramo sin sentido. Con un nudo en la garganta, sigue su camino, consciente de que sus días están contados y de que —ay— ya nadie atiende sus consejos. Su nostalgia le impide recordar que, no hace tanto, sus palabras animaron la batalla.
En La civilización del espectáculo(2012), Mario Vargas Llosa se suma a la abultada lista de hombres de letras que, hacia el ocaso de sus días, se lamentan por la triste condición de su época. Si él no hubiese sido uno de los novelistas más portentosos y arriesgados del siglo XX —en muchos sentidos, el más joven—, recordaría al Sócrates que, en el Fedro, ruge contra la aparición de la escritura. Aunque a veces su tono moralista sea el de un héroe en el retiro, su voz mantiene la lucidez de sus mejores textos, aunque al final la ideología, más que los años, estropee algunas de sus conclusiones.
¿De qué se lamenta Vargas Llosa? De todo. Del estado actual de la cultura y la política, de la religión e incluso del sexo. Según él, todas estas vertientes de lo humano han sido pervertidas por la gangrena de la frivolidad. Ésta consiste “en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas”. La frivolidad, pues, como causa de que la cultura haya desaparecido; de que los políticos se hayan vuelto inanes o corruptos; de que el arte conceptual sea un timo; y de que hayamos extraviado el erotismo. Por su culpa, vivimos en lacivilización del espectáculo: una era que ha perdido los valores que separaban lo bueno de lo malo —en sentido ético y estético— y donde, al carecer de preceptores, cualquiera puede ser engañado por mercachifles.
Bajo esta justa invectiva contra el carácter banal —y venal— de nuestros días, Vargas Llosa parece añorar los buenos tiempos en que una élite —justa e ilustrada— conducía nuestras elecciones. Según él, la existencia de una auctoritas permitió el desarrollo de la cultura gracias a que un pequeño grupo de sabios, cuya influencia no dependía de sus conexiones de clase sino de su talento, señaló el camino a los jóvenes. (¿Quiénes serían esos aristócratas sin vínculos con el poder?) La consecuencia más perniciosa de la rebelión estudiantil de 1968 fue destruir la legitimidad de esa élite, provocando que toda autoridad sea vista como sospechosa y deleznable. Y, a partir de allí, le déluge.
El de Vargas Llosa es un vehemente elogio de la aristocracia (en el mejor sentido del término). No deja de ser curioso que alguien que se define como liberal —invocando una estirpe que va de Smith, Stuart Mill y Popper a Hayek y Friedman—, se muestre como adalid de una élite cultural que, en términos políticos, le resultaría inadmisible: un mandato de sabios, semejante al de La República, resulta más propio de un universo totalitario como el de Platón que del orbe de un demócrata. Por supuesto, Vargas Llosa no admite la paradoja: a sus ojos, su lucha contra al autoritarismo político —de Castro a Chávez, pasando por Fujimori—, no invalida su defensa de la autoridad en términos culturales porque ésta se demuestra a través de las obras.
Reluce aquí la fuente de su malestar: si el respeto a la élite cultural se desvanece, los parámetros que permiten distinguir las obras buenas de las malas —y a los autores que merecen autoridad de los estafadores— se resquebrajan. En un mundo así, ya no es posible confiar en nadie, ni siquiera en un Premio Nobel. Las masas ya no siguen a los sabios y, en vez de escuchar una ópera de Wagner o leer una novela de Faulkner, se lanzan a un concierto de Lady Gaga o devoran las páginas de Dan Brown. Para Vargas Llosa, no lo hacen porque les gusten esos bodrios, sino porque dejaron de hacer caso a los happy few que, a diferencia de ellos, poseían buen gusto. Vista así, la cultura —esa cultura— desaparece. Y se impone el cáos.
Vargas Llosa no es, por supuesto, el primero en entristecerse al ver un estadio lleno para Shakira cuando sólo un puñado de fanáticos asiste a un recital de Schumann pero, en términos proporcionales, nunca tanta gente disfrutó de la alta cultura. Nunca se leyeron tantas novelasprofundas, nunca se oyó tanta música clásica, nunca se asistió tanto a museos, nunca se vio tanto cine de autor. El novelista acepta esta expansión, pero piensa que algo se perdió en el camino, que el público de hoy no comprende el sustrato íntimo de esas piezas. ¿En verdad piensa que en el siglo XIX los lectores de Hugo o Sue, o quienes abuchearon la première de La Traviata, eran más cultos?
¿Qué es, entonces, lo que le perturba? En el fondo, sólo ha cambiado una cosa: antes, las masas trabajaban; ahora, trabajan y se entretienen. Pero al marxista que Vargas Llosa tiene arrinconado en su interior esto le resulta indigerible: al divertirse, sin abrevar en las aguas del espíritu, las masas están alienadas. En cambio, la pequeña burguesía ilustrada sigue allí, aunque ya no sea tan pequeña. De hecho, muchos de los lectores de Vargas Llosa provienen de sus miembros, aunque él también se haya convertido en parte de esa cultura popular que tanto fustiga —y que vuelve sinónimo de “incultura”.
Cuando extrapola este análisis a la política, sus argumentos se tornan más inquietantes. Tras el fin del comunismo —el único lugar donde, por cierto, la alta cultura se mantuvo intacta—, las democracias liberales no han respondido a las expectativas de los ciudadanos. La causa es, de nuevo, la frivolidad. En la arcadia que dibuja, los políticos estaban comprometidos con un ideal de servicio que la civilización del espectáculo destruyó. Vargas Llosa no contempla que la actual crisis del capitalismo no se debe tanto a la falta de valores como a la ideología ultraliberal, inspirada en Hayek o Friedman, que hizo ver al Estado como responsable de todos los males y provocó la desregulación que precipitó la catástrofe.
Aún más lacerante suena la vena aristocrática de Vargas Llosa al hablar de religión. Él, que se declara no creyente y ha combatido sin tregua la intolerancia, recomienda para la gente común, es decir, para aquellos que no tienen la grandeza moral para ser ateos, un poco de religión, incluso en las escuelas. Aunque falsa, ésta al menos les concederá un atisbo de vida espiritual. Como cuando se refiere a la necesidad de devolverle ciertos límites a un sexo que juzga anodino, el discípulo de Popper no parece tolerar esa sociedad radicalmente abierta, en términos culturales, que tanto defendió en política.
En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él. Poco a poco se difuminan nuestras ideas de autoría y propiedad intelectual; ya no existen las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular; y, sí, se desdibuja el mundo del libro en papel. Pero, en vez de ver en esta mutación un triunfo de la barbarie, podría entenderse como la oportunidad de definir nuevas relaciones de poder cultural. La solución frente al imperio de la banalidad, que tan minuciosamente describe, no pasa por un regreso al modelo previo de autoridad, sino por el reconocimiento de una libertad que, por vertiginosa, inasible y móvil que nos parezca, se deriva de aquella por la que Vargas Llosa siempre luchó.
Fuente: Diario El País (España). 27 de abril del 2012.

domingo, 26 de febrero de 2012

Crítica a la Posmodernidad. Beneficios y límites de la sociedad posmoderna.

La agonía de la posmodernidad

La crisis que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería política, ética y estética que por desgracia sigue coleando aún.

Por: Lluís Duch (Antropólogo y monje de Montserrat) y Albert Chillón (Director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB).

Desde los años sesenta del pasado siglo hasta la quiebra que estamos viviendo, la palabra posmodernidad ha designado toda una época en la historia de Occidente, una especie de epílogo que habría tornado líquido el carácter sólido de la modernidad clásica, según Zygmunt Bauman, y hasta gaseoso, de acuerdo con la más sugestiva metáfora que en su Manifiesto Comunista propusieron Marx y Engels. La modernidad capitalista, vinieron éstos a decir, se distinguía porque todo lo que había sido o parecido firme se desvanecía en el aire; proceso de sublimación que se precipitó una centuria después, cuando la prosperidad subsiguiente a la hecatombe mundial trajo consigo —junto con otros factores— un nuevo espíritu del tiempo. De la moral puritana se pasó al ethos individualista y hedonista; del auge de los ídolos a su solo aparente crepúsculo; de la sucesión de estilos puros a su promiscuidad; de las utopías que buscaban la consumación del futuro al culto a la consumición del ahora; y de la reverencia a la Verdad una y mayúscula, en fin, a la coexistencia de verdades relativas, minúsculas y plurales.

En 1979, J.F. Lyotard ofició el bautizo de la época recién nacida, tomando prestado el vocablo de la jerga arquitectónica: confrontada a la seriedad y la coherencia, la conciencia social y la subordinación de la forma a la función propias de la arquitectura moderna —la de Lloyd Wright, Le Corbusier o la Bauhaus—, la arquitectura posmoderna sería estetizante, incoherente y jovial, ecléctica y sincrética incluso, mucho menos atenta a la función que a la forma y su embrujo. El despilfarro abigarrado y kitsch de Las Vegas fue ensalzado, por Robert Venturi, como el rutilante emblema de esa arquitectura; metáfora a su vez de la entera época que culminó hacia 1990, cuando el neocon Francis Fukuyama decretó el presunto "fin de la Historia" y el triunfo sempiterno del capitalismo.

Con sustancial razón, Lyotard observó que el rasgo más distintivo de tal posmodernidad era la caída de las grandes narrativas que habían sustentado el edificio moderno, esto es, de las ideologías emancipadoras que lo habían inspirado desde, cuando menos, la Ilustración de Kant y Voltaire hasta la ufana década de 1960. El derrumbe apenas dejó títere con cabeza. En primer lugar, el milenario relato cristiano de la emancipación redentora devino en asunto de elección personal, y ya no en dogma de fe obligatorio, en un Occidente embriagado por la secularización, la libertad sexual y la tecnolatría. En segundo lugar, el relato ilustrado de la emancipación de la ignorancia y la servidumbre por la educación y la Razón había sufrido una doble erosión, debida por un lado a los totalitarismos generados en la culta Europa, y por otro al creciente dominio de una razón crudamente instrumental que, más allá de la esfera económica, estaba engullendo múltiples vertientes de la vida pública y privada. En tercer lugar, el relato liberal-burgués que prometía la emancipación de la pobreza gracias al mercado libre fue cuestionado por la flagrante desigualdad en la distribución de la riqueza —dentro de los Estados y entre ellos—, y por un expolio medioambiental que empezó a hacerse patente por entonces, sobre todo cuando el Club de Roma alertó sobre los límites del crecimiento. Y por último, el gran relato marxista de la emancipación de las mayorías mediante la socialización de los recursos —de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad: esa auroral utopía que había galvanizado el mundo— resultó en fosca distopía cuando la doble caída del Muro de Berlín y la URSS revelaron el horror del estalinismo, décadas antes denunciado por pensadores como Camus, Merleau-Ponty o Koestler.

La posmodernidad que resultó de semejante hundimiento muestra, vista con perspectiva, un saldo plural de virtudes y defectos, como cualquier época histórica. Entre las virtudes se cuenta la extensión de las libertades, garantías y derechos; el medro de las clases medias y el acceso al confort y al consumo de una porción de las subalternas; el reemplazo de las rígidas ortodoxias por la heterodoxia y el relativismo; la relajación de los tabúes y los dogmas, así como la atmósfera de tolerancia y pluralidad asociada a la vida urbana. Por vez primera en la historia, millones de personas otrora desposeídas se sentían llamadas a sentarse a la mesa de los escogidos, en alas del Estado-providencia y, ante todo, de un Progreso en apariencia imparable. A finales de los años noventa, cuando tamaño ensueño culminó, Europa y el sedicente "Primer Mundo" semejaban un balneario de instalados y rentistas, cuyos inexpugnables muros contenían el oleaje de la planetaria indigencia.

Entre las carencias y defectos de la posmodernidad, no obstante, debe incluirse la desactivación del talante y del talento críticos, tan patente en los ámbitos pedagógico y político. O la tendencia a orillar la problemática del mal en aras de un narcisismo que atrofia los vínculos solidarios, fomenta la desafiliación e induce el "declive del hombre público", en palabras de Richard Sennet. O el relevo de la ética del ser por la del tener, espoleado por un consumismo basado en la creación de necesidades y deseos superfluos. O la sustitución de las ideologías continentales por un archipiélago de islotes ideológicos ––feministas, ecologistas, poscolonialistas o identitarias––, tan dispersos que se muestran incapaces de enfrentar la tecnoburocracia globalizada. O la anemia de un pensamiento de izquierdas confinado al reducto erudito, que a fuer de servil resulta inofensivo e inane.

Añádanse a tales penurias otras de comparable fuste, a fin de otear el paisaje. Así, la rampante mercantilización de la práctica totalidad de los ámbitos sociales, incluidos los de tenor espiritual y artístico. Y la erosión de la frágil secuencia temporal humana en una época señalada, en palabras de Fredric Jameson, por no saber ni querer pensarse históricamente. Y la proclividad, alentada por la sociedad del espectáculo, a la trivial estetización de la economía y la política, de la ética y la ciudad, del cuerpo y los sentimientos, de la naturaleza y la guerra. Y la irresponsabilidad de buena parte de los ciudadanos, que a su condición de súbditos que se ignoran —de una democracia carcomida por la demagogia, la corrupción y el decisionismo, por cierto— añaden el desvarío de sentirse cómplices del mismo sistema que los sojuzga, como se echa de ver en este trance aciago. Y, en fin, la miopía de unas generaciones que se han creído propietarias de un presente pletórico y eterno, una utopía del ahora y el aquí que ha hipotecado el porvenir de las futuras.

De unos años a esta parte, sea como fuere, esa ambivalente posmodernidad da muestras de patente agonía, arrancada de su quimera jovial por una cadena de seísmos en los que Occidente se juega el bienestar que le queda, amenazado extramuros por una globalización que está desplazando hasta ambas orillas del Pacífico los centros de control y riqueza. Y amenazado también, intramuros, por el casi unánime delirio de opulencia que nos ha emplazado ante el precipicio: ideológica, política y éticamente desarmados cuando más urgente resulta disponer de criterios para conducirnos con tiento, conciencia y temple, inspirados por esa antigua sabiduría humanista que sugiere la autolimitación y la mesura. Es hora de despabilar: la posmoderna mojiganga ha terminado. La crisis epocal que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería política, ética y estética que por desgracia colea aún. Y también el de urgirnos a rehabilitar la plural herencia del Humanismo y la Ilustración en este nuevo tiempo penumbral, a fin de tornarnos lúcidos y éticos, sobrios y solidarios, cívicos y compasivos. Con las debidas cautelas, será menester poner al día los viejos idearios de emancipación y concebir otros de cuño actualizado y distinto, porque al despertar la modernidad capitalista sigue todavía aquí, aunque más desregulada, ensoberbecida y digitalizada que nunca.

Lluís Duch es antropólogo y monje de Montserrat. Albert Chillón es director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB. Ambos son coautores de Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación, vol. I, que el próximo marzo publica la editorial Herder.


Fuente: Diario El País (España). 25 Feb. 2012.

lunes, 13 de febrero de 2012

La Democracia Liberal, el sistema que ganó la II Guerra Mundial y la Guerra Fría. Los males de la democracia actual.

El malestar de la Democracia

La ideología neoliberal sirvió para vencer al comunismo, pero es ineficaz para articular de forma eficiente la sociedad postmoderna.

Por: Miguel Trias Sagnier. Catedrático en la Facultad de Derecho de ESADE.

Todos sospechamos que preocupa más a Angela Merkel el resultado de las siguientes elecciones en un land que la realización de un proyecto europeo de largo alcance. Pero la sospecha no se proyecta solo sobre la discutida líder germana, sino que se extiende a toda la clase política de las democracias del mundo desarrollado. Los ciclos políticos son cortos y la prioridad de partido se impone. Con ello, la democracia, que parece por otra parte extenderse universalmente, se debilita en la valoración de los ciudadanos. ¿Por qué estos movimientos en apariencia contradictorios?

La duración de los ciclos políticos no es una novedad, ni en Europa ni en Estados Unidos. Pero sí lo es la pérdida del sentido de Estado y ello posiblemente vaya ligado a la pérdida del recuerdo de la guerra. Hagamos memoria en nuestras propias carnes. El éxito de la transición y el alto grado de consenso logrado en ella no serían explicables sin la convicción transversal de que, ante todo, había que evitar la reedición de la contienda civil. El episodio del 23-F de 1981 no hizo sino recordarnos en clave hobbesiana que el tema no era de laboratorio. Pero los políticos europeos actuales ven la guerra como un hecho histórico que no debe condicionar sus decisiones. En Estados Unidos, tan importante o más que las guerras mundiales fue la Guerra Fría, que le enfrentó al modelo soviético, generando un espíritu interpartidista unificador frente al enemigo de la nación. Pero esa guerra se ganó y el enemigo se convirtió a la fe capitalista.

Curiosamente, el triunfo del sistema, preconizado por algunos como el fin de la historia, conlleva su propia negación. Por un lado, podemos constatar que la democracia se ha ido imponiendo, no sólo por la convicción racional de que es el mejor sistema de organización social, sino también, porque se ha evidenciado como el sistema más fuerte. Ganó la II Guerra Mundial y ganó la Guerra Fría. Con tan contundentes credenciales, se ha abierto paso en los antiguos países comunistas, en Latinoamérica y progresivamente en grandes partes de Asia y África.

Pero al tiempo que la democracia parece generalizarse, en los países donde se halla más consolidada, afloran sus limitaciones y se desacreditan los políticos. Y al propio tiempo, emerge como potencia global un régimen despótico cuyo éxito económico y fortaleza financiera nos dejan sin argumentos. Aunque para lavar la conciencia occidental se concediera hace un año el Premio Nobel a un disidente, la realpolitik se impone y los líderes democráticos acuden serviles a pedir ayuda financiera a los mandatarios chinos, mientras a los líderes de opinión del liberalismo económico se les llena la boca de alabanzas hacia el éxito de su modelo.

Que la democracia no es el fin de la historia lo podemos comprobar en la propia historia. Los dos experimentos democráticos del mundo antiguo, Grecia y Roma, acabaron en sendos imperios. La historia no tiene por qué repetirse, pero lo que sí puede afirmarse con convicción es que la democracia sólo seguirá imponiéndose en la medida en que se demuestre como un régimen, no sólo más justo, sino también más eficaz y más fuerte. Los fascismos cayeron porque fueron vencidos en la guerra abierta y el comunismo se inmoló ante la evidencia del fracaso del sistema, con lo que parecía que la democracia quedaba definitivamente afianzada. Pero el éxito de un país que conjuga el liberalismo económico con el dirigismo político debe ponernos en guardia y hacernos reaccionar en dos direcciones.

La primera es la revisión de nuestro modelo en el sentido de fortalecer las instituciones, favoreciendo la visión de largo plazo y fomentando los mecanismos de cohesión social. La democracia se ha asentado en Brasil en el período de Lula porque ha permitido salir de la pobreza a millones de familias. Por el contrario, se debilita en Estados Unidos y Europa a medida que se agrandan las desigualdades sociales y se expulsa a millones de personas hacia el paro. La ideología neoliberal sirvió para vencer al comunismo, pero es ineficaz para articular de forma eficiente la sociedad postmoderna. Produce descohesión y solipsismo que, a nivel grupal, se traduce en rechazo hacia las instituciones federales, tanto en Estados Unidos como en Europa.

La segunda es la revisión de nuestra política exterior y de la propaganda política. Si queremos defender los valores que inspiran nuestro sistema democrático, debemos hacerlo con todas las armas. La política de seguidismo con las dictaduras a nada conduce, como se demostró en las fases previas a la Segunda Guerra Mundial. La realpolitik obliga a mantener vínculos políticos y económicos con la gran nación que es China, pero nada impide emplear todos los medios posibles para evidenciar el déficit democrático sobre el que se construye su sistema político. Afirmar con convicción nuestros valores y luchar por ellos no es sólo un acto de profesión de fe, sino la más realista de las acciones para lograr que la actual crisis de reequilibrio mundial no culmine con un cuestionamiento de la democracia, sino con el afianzamiento de los valores que la inspiran.


Fuente: Diario El País (España). 14/02/12

sábado, 14 de mayo de 2011

Christopher Hitchens, escritor y polemista feroz. Es posible "vivir una vida ética sin religión".

Un rebelde natural

Por: Hinde Pomeraniec

Mientras entrega con docilidad su cuerpo cada día para que la ciencia intente prolongar su vida, Christopher Hitchens espera la muerte con los ojos bien abiertos. En junio de 2010 supo que padecía un cáncer de esófago que hoy ya está en estadio 4: sabe muy bien que no hay por delante un estadio 5 de la enfermedad. Para quienes no lo conocen, Hitchens (Portmouth, Inglaterra, 1949) es un académico brillante y uno de los más polémicos periodistas del mundo, un crítico literario exquisito, rey de los iconoclastas y ateo combatiente, autor de varios libros implacables como Juicio a Kissinger , uno sobre la Madre Teresa que le valió la antipatía global de los defensores de la religiosa muerta en 1997 y otro, Dios no es bueno , un best seller que, paradójicamente, fue recibido como una Biblia por la comunidad atea. Es en este último ensayo donde su autor explica las bases por las cuales cree que es posible "vivir una vida ética sin religión" y ofrece argumentos sociales, políticos y culturales a través de los cuales, sostiene, "la religión lo ha envenenado todo".

Hitchens, quien fue ubicado en el séptimo lugar por la revista Time entre las cien personas más influyentes del mundo, es un hombre que ha probado los límites de la experiencia vital, siguiendo a pie juntillas los consejos de su colega Gore Vidal acerca de nunca desperdiciar una relación sexual ni una aparición en la TV. Ha fumado, ha bebido (trata de seguir haciéndolo cuando la quimioterapia se lo permite, el whisky también es panacea) y ha discutido con quien se cruzaba por su camino. Luego de pasar varias décadas alojado políticamente en la izquierda (eran famosos sus textos en el New Statesment y The Nation y hasta se declaró trotskista alguna vez), viró hacia la derecha de la mano de dos experiencias: la fatwa contra su amigo Salman Rushdie, en 1989, cuando el ayatollah Khomeini decidió aplicar la ley coránica al escritor por blasfemo; y, en 2001, los atentados del 11-S, que fueron para Hitchens la prueba irrefutable del daño que pueden provocar las religiones. "Sólo quienes desean transformar a los seres humanos terminan prendiéndoles fuego, como si fueran basura o un experimento fracasado", escribió alguna vez.

Desde 1981, el hombre de lengua de acero reside en Estados Unidos. En la actualidad, pasa sus días entre el hospital y su casa de Washington, acompañado por su segunda esposa, Carol, y visitado por alguno de sus tres hijos (cuando no por todos). Mientras sigue dando pelea en una batalla que sabe perdida, Hitchens acaba de publicar Hitch-22 , su libro de memorias, donde relata sus experiencias como enviado especial a lugares peligrosos del planeta como Afganistán, Irlanda del Norte en tiempos del IRA o el Beirut en llamas de la guerra civil entre libaneses. La enfermedad lo ha llevado a vivir una dolorosa temporada en lo que irónicamente bautizó como "Tumourville", una ciudad que no exige visa a sus turistas. Así y todo, sigue escribiendo con fervor: todo le interesa, como siempre; sus textos pueden abordar de manera incisiva una nueva novela tanto como la boda real del príncipe William y Kate o la muerte de Ben Laden. No es fácil ubicar a Hitchens, escudriñar su pensamiento; los patrones según los cuales se orienta su cosmovisión no son tangibles para la mayoría; es decir, no hay dogma que lo convoque o lo albergue. Luego de haber sido un durísimo crítico de las políticas de Ronald Reagan ("Reagan le está haciendo a su país lo que ya no puede hacerle a su esposa", decía, al borde de la vulgaridad), acompañó la invasión a Irak en 2003 y dio su apoyo a la fórmula ultraconservadora Bush-Cheney en 2004. Su íntimo amigo Martin Amis lo describe como un "rebelde natural", alejado de cualquier atisbo de lo que se conoce como sentido común. Así, pese a ser contrario al aborto, aprueba el uso de la pastilla del día después; defiende los derechos de las minorías, pero está en contra del matrimonio gay porque sostiene que convierte en conservador al movimiento por los derechos de los homosexuales, y dio y da apoyo a las operaciones militares estadounidenses en la guerra antiterrorista, aunque cuestiona cualquier acto que lesione la libertad de expresión.

Martin Amis escribió recientemente en The Observer una suerte de larga carta al amigo enfermo; si se quiere, una elegía antes de tiempo. Allí, Amis cuenta que el personaje de Nicholas Shackleton de su última novela, La viuda embarazada, no está basado en Hitchens, sino que es Hitchens, y relata varias experiencias compartidas con el objeto de plasmar la brillantez intelectual de su compañero de toda la vida. Además, invierte con ingenio una frase de Vladimir Nabokov, quien decía que pensaba como un genio, escribía como un distinguido escritor y hablaba como un niño para señalar que Hitch -como lo llama- "piensa como un niño, escribe como un distinguido escritor y habla como un genio".

En efecto, hay consenso sobre esto: las palabras de Hitchens son dagas que buscan destruir argumentalmente al interlocutor (y generalmente lo consiguen). Alguna vez, discutiendo con Charlton Heston el tema de la portación de armas, lo invitó a acomodarse la peluca. El brillo de su intelecto redondea frases perfectas aun cuando uno no acuerde con sus argumentos, y ha sido siempre un contrincante temible. La vida, la enfermedad, la decadencia son crueles: como producto de los múltiples tratamientos para prolongar su vida, hoy Hitchens (definido por Susan Sontag como "una figura soberana en el pequeño mundo de los que cultivan el campo de las ideas") casi no habla, debido a las úlceras que le provoca el tratamiento contra el cáncer.

Aquí van algunas de sus frases (no casualmente hay un libro compuesto por algunas de las más célebres):

"Una melancólica lección que da el paso de los años es comprender que ya nunca vas a poder hacer viejos amigos".

"Nosotros, los ateos, no somos inmunes al reclamo de lo maravilloso, del misterio y el sobrecogimiento: tenemos la música, el arte y la literatura, y nos parece que Shakespeare, Tolstoi, Schiller, Dostoievski y George Eliot plantean mejor los dilemas éticos importantes que los cuentos morales mitológicos de los libros sagrados. Es la literatura, y no las Sagradas Escrituras, la que nutre la mente y (ya que no disponemos de ninguna otra metáfora) también del alma".

"Nos conformamos con vivir sólo una vez, salvo a través de nuestros hijos, a los que nos alegramos absolutamente de sentir que debemos abrir camino y dejar sitio".

Acerca del sentimiento de padre de hijas mujeres: "Nada puede hacerlo a uno tan feliz o atemorizarlo tanto: es una sólida lección para las limitaciones del yo comprender que tu corazón está latiendo en el cuerpo de otro".

"La religión, es cierto, todavía posee la inmensa aunque torpe y poco flexible ventaja de haber llegado «primero»".

"Los terroristas de Manhattan representan el fascismo con un rostro islámico, y no tiene sentido emplear ningún eufemismo sobre eso. Lo que abominan de «Occidente», por decirlo en una frase, no es aquello que los progresistas occidentales rechazan y no pueden defender de su propio sistema, sino lo que sí les gusta y deben defender: sus mujeres emancipadas, su investigación científica, su separación entre religión y Estado".

A diferencia de gran parte de la humanidad, que sobre el final de su vida busca refugio en algún culto, Hitchens ha decidido partir de este mundo sin Dios alguno. Hijo de un padre marino, protestante, y una madre de origen judío que en edad madura optó por seguir al gurú Maharishi Mahesh Yogi (y terminó suicidándose junto con su amante, años después de abandonar a su marido y a sus hijos), para deleitar a sus esposas Hitchens se casó la primera vez por el rito ortodoxo griego y más tarde por el judío, aunque permanentemente aclara que su ateísmo es un ateísmo protestante. Se descalza en las mezquitas, se cubre la cabeza en las sinagogas, respeta a todos, pero pide que lo respeten y sean con él tan indulgentes como es él con los que creen: "Dejo para los creyentes lo de quemar iglesias, mezquitas y sinagogas de los demás, cosa que siempre se puede estar seguro de que acabarán haciendo".

Hace apenas días, imposibilitado de asistir al evento, Hitchens envió una carta a sus camaradas de la Conferencia Atea Estadounidense para instar a sus pares a llevar adelante la "revolución secular". "Nuestras armas son la mente irónica contra la mente literal, nuestra mente abierta contra la mente de los crédulos; la valiente búsqueda de la verdad contra las abyectas fuerzas que siembran temor y ponen límites a la investigación y que, estúpidamente, sostienen que nosotros ya tenemos toda la verdad que necesitamos tener", decía. En su carta, Hitchens explicaba que está sosteniendo "un largo debate con el fantasma de la muerte en el que aún no hay ganador", y aseguraba que a medida que la idea de la muerte se le torna más natural, el ruego por "la salvación o la redención se torna cada vez más vano y artificial". Una vez más dijo que rechaza el consuelo de la religión, ya que en lugar de ello cree cada vez más en la ciencia y en el apoyo de la familia y los amigos. Su enfermedad le dio un nuevo protagonismo y se ha convertido en centro de discusión de foros diversos, cuando no de víctima de expresiones soeces y vengativas, que imaginan su actual padecimiento como un castigo divino por su ateísmo. Pero también están aquellos que buscan confortarlo en estos momentos finales. Entre los cientos de cartas y rezos diarios que recibe rogando por su conversión, está la plegaria que publicó en The Washington Post su médico de cabecera, el doctor Francis Collins, un brillante científico cristiano, director del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, creyente devoto, tan famoso por experimentar con células madre en Maryland como por su libro ¿Cómo habla Dios? La experiencia científica de la fe , un tratado sobre ciencia y religión. En su plegaria, Collins -pionero en la experimentación y los estudios del genoma humano- aseguraba que no buscaba "ningún rescate supranatural" para Hitchens, sino un "milagro científico" para poder ayudar a seguir con vida a quien a esta altura se ha convertido en un gran amigo, pese a las diferencias religiosas.

Es difícil no tentarse con imaginar cómo serán los diálogos entre estos hombres, cuánto de sus respectivos pensamientos y modos de ver el mundo estarán influyendo en cada uno. Imposible no pensar si, en secreto, Collins está dudando de aquello que lo acompañó toda la vida mientras Hitchens imagina un rostro para su Dios.

Pero Hitch sigue firme. En una entrevista reciente con The Telegraph, contaba que mientras en una situación semejante a la suya muchos se rasgan las vestiduras preguntándose "¿por qué a mí?", él simplemente suele razonar: "¿Y por qué no?".

Fuente: Diario La Nación (Argentina). Martes 10 de mayo de 2011.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El Debate ausente sobre la ilegítima Constitución de 1993.

Nueva Constitución

Por: Nicolás Lynch (Sociólogo)

En esta campaña hay un tema fundamental que la derecha en todas sus versiones –Keiko, Castañeda, García o Toledo– se esmera en ocultar: la necesidad de una nueva Constitución. Bajo el pretexto de que al país le está yendo bien y que no hay nada que mover para que las cosas sigan igual o peor, se ningunea este debate de fondo.

Hay dos tipos de constituciones sobre el planeta, aquellas que son un acuerdo de paz entre los ciudadanos y pueblos de un país y otras que aparecen como una declaratoria de guerra de alguna minoría sobre la inmensa mayoría de la nación. Este último es el caso del documento de 1993 impuesto por la dictadura de Fujimori y Montesinos sobre el pueblo peruano. Esta supuesta Constitución está viciada de origen porque fue producto de un golpe de Estado, elaborada por un régimen autoritario para quedarse y finalmente “aprobada” en un referéndum fraudulento.

Esta Constitución refuerza el poder de la minoría dominante cuando recorta los derechos sociales, especialmente los derechos del trabajo, minimiza el papel del Estado poniéndolo al servicio de los ricos, debilita al Legislativo con el unicameralismo, da lugar al capitalismo salvaje como único modelo posible en la economía y establece un desorden tal en el tema de la descentralización que hace a la misma inviable. Por ello es que da lugar a un orden democrático precario, imposible de consolidar en sus parámetros y obliga a que las mayorías, impedidas de expresarse a plenitud en estas condiciones, recurran a la protesta callejera, ya no solo como excepción sino como norma, para plantear sus demandas. Puesto en la disyuntiva de cambiar la Constitución o reprimir al pueblo, este régimen opta por lo segundo, siguiendo la lógica de la declaratoria de guerra y criminalizando la protesta.

Cuando se intenta poner en agenda el debate constitucional los voceros de la derecha suelen argumentar que la Constitución y las leyes no solucionan nada y que tal debate sería un tiempo perdido. Sin embargo, en 1993 estos mismos personajes cambiaron nuestro andamiaje legal para poder hacer posible el capitalismo de amigotes en el que vivimos, haciendo legal la masiva expropiación de bienes públicos y sociales que fueron las privatizaciones y el remate de nuestra riquezas naturales y nuestro territorio al mejor postor.

Es indudable por ello que el debate para lograr una nueva Constitución tiene la mayor importancia, porque esta será una de las piedras angulares para iniciar la gran transformación del país que nos dé una verdadera democracia.


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Fuente: Diario La República (Perú). Mar, 15/02/2011.
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domingo, 23 de enero de 2011

"El gran milagro decimonónico de que las leyes estén por encima de los individuos que tienen poder".

Firma del Acta de Declaración de Independencía de Venezuela (1811)
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Juego de espejos

Por: Sergio Ramírez. Ex vicepresidente de Nicaragua y escritor.

Seguimos avanzando en la conmemoración de los bicentenarios de las independencias latinoamericanas. Este 2011, Venezuela y Paraguay.

Las independencias significaron el intento de implantación de un modelo que tomaba sus elementos principales de dos hechos que eran recientes: el nacimiento de Estados Unidos, que dio como fruto la proclama de una Constitución democrática, de equilibrios institucionales y separación de poderes; y la Revolución Francesa, que trajo la Declaración de los Derechos del Hombre. Era el siglo XVIII que entraba con retraso en tierras hispanoamericanas, o eran, más bien, las ideas reprimidas del iluminismo las que por fin tomaban cuerpo.

Ambos procesos, además, tenían el prestigio de haber probado la eficacia del proyecto liberal en contra de la monarquía derrotada, para dar paso a gobiernos republicanos de carácter representativo: repúblicas independientes y democráticas, al amparo de constituciones que, sin embargo, debían surgir de la nada. O de algo peor que la nada.

Es cuando empezamos a sufrir esa gran contradicción permanente, que se resuelve en un espejismo repetido: la nación ideal que describe la Constitución es tomada por real. Pero lo real se resiste a acercarse a lo ideal. El empecinamiento, lúcido e ilusorio a la vez, comienza por tratar de someter a los rigores de un modelo político una realidad múltiple, contradictoria y dispersa, compuesta por capas geológicas sociales, que a la vez son capas culturales, y que se superponen pero conviven en un extraño anacronismo contemporáneo. Convivían entonces, y siguen conviviendo, solo que dos siglos después se han agregado más capas a las antiguas.

Si nos acordamos bien, es lo que quería Don Quijote, que las ilusiones de los libros entraran en la realidad y fueran la realidad. Solo que los próceres querían que la realidad entrara dócilmente en los códigos, que el bien jurídico fuera el bien social. Y es lo que también quería Sancho cuando va a gobernar su ínsula de Barataria, promover el bien común bajo leyes justas, y por eso promulga las Constituciones del gran Sancho Panza, aunque luego escriba a su mujer que ha llegado a su gobierno de la ínsula para enriquecerse. No sabíamos cuánto el ejercicio del nuevo poder bajo la independencia, que rompía un molde y creaba al mismo tiempo otro, le debería a las filosofías cervantinas, tanto como a Jefferson y a Rousseau.

El poder justo, basado en las leyes, es aquel que tiene por fin, según el discurso de don Quijote sobre las Armas y las Letras, "poner en su punto la justicia distributiva, y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer que las buenas leyes se guarden". Pudo haberlas pronunciado Bolívar o el cura Morelos. Igual que para Don Quijote, delante de los próceres de la independencia se abría el abismo entre lo real y lo imaginario, lo posible y lo imposible, lo verosímil y lo inverosímil; toda esa distancia insalvable que hay siempre entre la proclamación legal del orden justo, y las pobres posibilidades de realizarlo, y que termina en la locura de las simulaciones, como lo había entendido Erasmo.

Es un modelo ideal que se plasma en las constituciones, pero la realidad no se deja atrapar tan mansamente bajo sus ataduras. Huye hacia delante, escapando a los apremios del ideal, una persecución que hoy aún no termina. Las palabras que componen el credo político se vacían de contenido y suenan huecas. Son palabras con autonomía, en burla constante de lo que quieren decir.

A la palabra democracia, por ejemplo, se agregan otras: democracia popular, democracia ciudadana, democracia participativa; o se ha creado el término poder popular, que no es sino la traducción libre de democracia. Pero la redundancia no es sino el resultado de la insuficiencia, y de la frustración. O de la demagogia.

A la hora de la independencia, Sancho se montó en el caballo, y don Quijote se montó en el burro. La propuesta, como quimera, es del loco; la prueba de poder, por el contrario, es para el rústico analfabeto. Los caudillos de la independencia devendrán en ambas cosas a la vez, Don Quijote y Sancho. Los letrados, encumbrados en el poder, se hacen cargo del discurso de las letras, y también del discurso de las armas. No en balde son letrados a caballo.

Pero no solo gobernaron los próceres que hemos aprendido a idealizar, en armadura de Don Quijote, y son personajes de novela. No hay personaje más atractivo para un novelista que Sancho mandando, como en tantas ocasiones en América Latina. Leguleyos y tinterillos. Pero sobre todo, sargentos y coroneles. Los mecanismos imprevistos que tiene el poder, desde el azar, la osadía y la ignorancia, están llenos siempre de misterio y de interés, y de risa, y de drama, en la literatura y en la vida.

Porque aún no se logra del todo el gran milagro decimonónico de que las leyes estén por encima de los individuos que tienen poder. Es decir, aún no se logra el ideal forjado con la independencia: que cuando surja un caudillo, lo metan en cintura las instituciones. Las instituciones soberanas, por encima de los señores de horca y cuchillo, intolerantes de la ley y burladores de las constituciones, amamantados por la propia independencia, madre pródiga y tuerta. Los que ensillaron desde entonces el caballo, y se montaron en el burro.

Fuente: Diario El País (España). 23/01/2011.

lunes, 17 de enero de 2011

Crítica a la islamofobia intelectual, política y mediática. Estado de bienestar y universalidad de los derechos.

Decálogo de la islamofobia nacional

Por: Luz Gómez García.
Profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid. Su último libro publicado es Diccionario de islam e islamismo (Espasa).

Hacían falta dos cosas para azuzar política y mediáticamente la estigmatización de los musulmanes: crisis y elecciones. Los próximos comicios de primavera serán propicios para estas estrategias.

Tal vez sea aquí, en nuestro propio país, donde menos se ha insistido en el carácter ejemplar de la reacción de la inmensa mayoría tras el 11-M. A la cordura de la calle tratando al terrorismo de terrorismo, sin concesiones a la estigmatización de los musulmanes, siguió un juicio penal que, mal que le pese a cierto sector mediático, fue la admiración de la intelligentsia europea y estadounidense. A medio camino entre la sorpresa admirativa y la envidia sana, España fue, una vez más, diferente.

La diferencia la marcaba esta vez el ciudadano de a pie, su sentido común, avezado en la brega con el terrorismo y propenso a una vivencia personal de la fe religiosa: que España es un país profundamente católico que no va a misa no es ninguna paradoja. Tras demasiados años de nacionalcatolicismo, de eso era de lo que se trataba: de deslindar Iglesia y Estado, iglesias y naciones. A nuestro modo, entendíamos mejor a nuestros nuevos vecinos musulmanes si ellos celebraban el Aíd y nosotros celebrábamos la Navidad. No mucho más complicada era la relación hasta que llegaron los cálculos electorales, los vientos del Norte y la crisis.

Desde siempre, por así decir, la derecha española ha coqueteado con el fantasma de la inmigración, en uno de sus típicos ejercicios de cinismo: a la par que el Partido Popular alimentaba cuidadosamente su discurso antiinmigración, la población extranjera pasaba del 1,6% al 8,4% durante los Gobiernos de Aznar. Por más que el porcentaje de musulmanes apenas llegara al 16% de los inmigrantes, el salto del fantasma general de la inmigración al fantasma particular del musulmán no presentaba dificultades: "¡Qué viene el moro!". No hacía tanto tiempo que la maurofobia y la maurofilia se debatían en el corazoncito del Régimen. El experimento fue adelante en las elecciones de 2008, con sus dudas y titubeos, pues en convocatorias anteriores no había dado los réditos esperados. Los debates que venían de Europa, avivados aquí con el ardor que nos caracteriza cuando de imitar al Norte se trata, acudieron en auxilio de los aventadores de la amenaza islámica, derechistas en su mayor parte, aunque no faltaron oportunistas de izquierda.

Sin embargo, y pese a lo que se sostiene, no se trata precisamente de que el islam vaya a deseuropeizar Europa, sino al contrario: son las élites europeas las que se sirven del islam para desmontar Europa, para actualizar las ideas-fuerza de unos nacionalismos que creíamos superados tras la brutalidad del siglo XX. Al paisaje suizo (¿qué es Suiza sino un paisaje?), le repugnan los alminares. Al "deber de civilizar" francés, le sulfura ver que las hoy compatriotas de Jules Ferry llevan hiyab. En Alemania, pueblo, tierra y lengua no admiten plurales en turco, kurdo o árabe. En los Países Bajos y Bélgica, siglos de inestable estabilidad comunitaria no soportan el roce de unas comunidades musulmanas que buscan su lugar. La lista de agravios de las patrias europeas podría seguir con Italia, Suecia, Reino Unido...

Pero España era diferente, su islamofobia ilustrada (esto es: intelectual, nuevorriquista, nuevoeuropeísta, masoquista por negadora de la propia historia) no cuajaba en una sociedad harta de viejas esencias nacionales. Hacía falta algo más para que ciertos sectores políticos la lanzaran contra el votante. Faltaba la crisis, eterno río revuelto del voto: el paro, el recorte de las prestaciones sociales, la degradación de los servicios públicos han de tener un culpable en la calle. En tiempos de tribulación, el desprecio a lo distinto se quita la careta y sale de caza. El viejo mundo frentista, el nosotros/ellos tan español, que en lo tocante a la herencia islámica ya dio pie a la división entre "albornocistas y castristas", halla nueva formulación: el ellos por excelencia, los musulmanes, es una sobrecarga para "nuestro" Estado de bienestar, con tanto trabajo conseguido, se dice, fundamental para el futuro de "nuestros" hijos, se remacha.

Empaquetar política y mediáticamente la islamofobia intelectual es fácil. Solo hacen falta dos cosas: crisis y elecciones. Acabamos de salir de los comicios catalanes. En primavera aguardan las autonómicas y municipales, siempre más propicias que las generales a este tipo de estrategias.

Ciertas televisiones, ciertas radios y ciertos periódicos ya han puesto en circulación la cantinela:

1. El islam es una amenaza para Europa, afirman. Según este aserto, no hay que descuidarse. España aún convive con la primera generación de inmigrantes musulmanes, pero nos resistimos a aprender la lección. Nos faltan recursos intelectuales y valor político para hacer frente a la amenaza islámica.

2. Occidente es superior al islam. La grandeza civilizacional de Occidente frente al islam es dogma de fe. La civilización islámica, si algún día fue grande, se fue por el desagüe de la historia.

3. El islam no ha tenido Reforma ni Ilustración, ni puede tenerlas. Es arcaico, no evoluciona, su doctrina se clausuró con la tríada Corán/Mahoma/charía. Lo islámico es refractario a la historia, a la disidencia y a la cultura.

4. El islam es incompatible con la democracia. Niega la libertad individual, la pluralidad y los matices. Es un sistema totalitario. Regula hasta el más mínimo detalle de la vida. Posterga al individuo en favor de la comunidad. Los musulmanes no saben gestionarse.

5. El islam atenta contra la dignidad de la mujer. La considera inferior, la aparta de la vida pública y la recluye tras el velo. Las musulmanas aceptan gustosas esta sumisión.

6. Los musulmanes son, intrínsecamente, unos radicales. La inmigración musulmana es un semillero de delincuencia y salafismo.

7. De todos los inmigrantes, los musulmanes son los más reacios a la integración: ¡ni los chinos ni los negros ponen tantos reparos!

8. La culpa es del laicismo. El laicismo anticatólico beneficia al islam. Se carga contra la Iglesia y se contemporiza con el islam. El relativismo cultural y la multiculturalidad son una plaga.

9. La culpa es del buenismo, que alimenta los vicios de los musulmanes y les da alas. El buenismo les anima al proselitismo y a la reivindicación del derecho a la diferencia.

10. Cataluña es la cabeza de puente de la islamización de España. Cataluña ampara a los musulmanes contra España. Se les quiere dar el derecho al voto para que voten contra España. Que el inmigrante musulmán no sea hispanohablante, es útil en el combate contra el castellano. Los musulmanes son manipulables...

Como todo decálogo, este de la islamofobia nacional tiene su corolario: quien no reconozca las anteriores verdades, no es un buen español, es un alma cándida desinformada o un islamista de tapadillo. Por lo general son las derechas quienes profesan estas ideas, pero tienen también seguidores entre la izquierda, con un lenguaje más disimulado o tibio. Son ideas que atentan contra los derechos individuales en nombre de la igualdad, y contra la igualdad en nombre de la libertad.

Si bien no es esta la ocasión de abordar las conexiones estructurales entre islamofobia y racismo, no deberían dejarse de lado, puesto que el islam no es la religión ni el modo de vida del hombre blanco europeo. Como ya sabía Angela Davis, el retorno del racismo es siempre algo voluntario, no el estallido de algo reprimido. La islamofobia crea y resuelve un problema, su propio problema. Que no es, por descontado, la gestión de la presencia de los musulmanes en Europa. El problema de los islamófobos es Europa misma, la Europa de la socialización a través del trabajo y de la escuela, la Europa de la ciudadanía y el espacio público abiertos y compartidos, la Europa propulsada por "la burguesía librepensadora y el movimiento obrero", en palabras de Daniel Bensaïd. Porque el hecho indisimulable es que se quiere desmontar el Estado de bienestar y la universalidad de los derechos en que Europa se sustenta.

Fuente: Diario El País (España). 17/01/2011.
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