sábado, 13 de noviembre de 2010

La Izquierda y la Derecha frente a la distribución de beneficios de la explotación de los grandes recursos.

Izquierda y derecha: discursos y proporciones de soberanía

Por: Rodrigo Montoya Rojas (Antropólogo)

Retomo en esta columna la cuestión de lo que sería de izquierda y lo que sería de derecha, para entendernos bien y no perdernos en la ambigüedad y en juegos de hipocresías. Uno de los temas fundamentales para el futuro del país es definir la distribución de beneficios de la explotación de los grandes recursos como el petróleo, el gas, el oro y otros minerales, los bosques, y los saberes originarios de nuestro suelo.

Una cuestión previa clave es desenmascarar a la derecha que repite todas las tardes: “la izquierda quiere que no haya inversión extranjera en el país y que no se exploten los recursos nacionales”. Esa es simplemente una mentira muy grande. El problema de fondo es quién se lleva la mayor parte de la torta y por qué. Cuando Evo Morales ganó las elecciones en Bolivia aceptó el encargo que le dieron sus votantes, particularmente en El Alto, de nacionalizar el petróleo y el gas. Evo creía que la proporción justa en el reparto entre el Estado y las empresas multinacionales debería ser 50 y 50%. (Tal vez los apristas recuerden aún que Haya hablaba de la misma proporción pero en inglés, “fifty fifty”). Los electores dijeron no y le dieron la orden para que Evo mande obedeciendo e invierta la proporción hasta ese momento existente: el Estado recibiría el 82% que las empresas se llevaban y éstas recibirían sólo el 18% que antes correspondía al Estado. La derecha peruana anunció que con esa política las empresas se irían de Bolivia y el país quedaría en el desastre. Las empresas no se fueron, siguen ganando y la economía Boliviana goza desde entonces de mejor salud que antes.

Si queremos un gobierno de izquierda, quien pretenda dirigirlo debe prometer dos cosas fundamentales: renegociar los contratos y cambiar las proporciones de distribución de las ganancias: 80% para el estado peruano y 20 para las empresas multinacionales. La proporción es justa y el viejo “fifty fifty” no tiene sentido. Si tomamos en cuenta la doble contabilidad de las empresas, hoy día ocurre probablemente lo inverso y por eso el gobierno de García es de derecha pura y dura. El ejemplo de la escandalosa ganancia de las empresas mineras es un ejemplo cabal. Un cambio en las proporciones no produciría terremoto alguno, disminuiría la ganancia de las empresas y el Estado tendría más recursos para programas sociales en serio y sin corrupción.

Para que una nueva distribución de beneficios sea posible sería importante que el país recupere parte de su dignidad perdida anulando el artículo 63 de la Constitución vigente que le da al capital extranjero el mismo tratamiento que al capital nacional, cambiando los contratos con las empresas multinacionales y dejando sin efecto los blindajes impuestos por el consenso de Washington y la servidumbre de Fujimori y sus aliados.

Si estamos de lado de la proporción 80-20 en beneficio del Estado, nuestra propuesta sería de izquierda. Si aceptamos la proporción actual de 80-20 en beneficio de las empresas, la propuesta es de derecha. Si se habla de soberanía en el aire sin precisar proporciones, cuidado: el discurso puede parecer de izquierda, pero sólo eso.

Fuente: Diario La Primera (Perú). 13 de noviembre del 2010.

sábado, 30 de octubre de 2010

Néstor Kirchner y el recuerdo de las muertes de Evita y Perón.

De muertes y renacimiento

Por: Guillermo Giacosa (Periodista)

Fue inevitable que la reciente e inesperada muerte de Néstor Kirchner me llevara al recuerdo de las muertes de Evita y Perón. El deceso de Eva Duarte fue festejado por mi padre como si se tratara de un éxito personal. Yo tenía apenas doce años y no entendía su alegría de la que nadie en casa participó. Años más tarde, en 1974, siendo yo líder barrial del peronismo en Rosario, asistí a la muerte de Juan Domingo Perón. Fue una jornada inolvidable. Una suerte de impronta emocional que vuelve recurrentemente a mí para recordarme el valor de la solidaridad y el quehacer comunitario. En realidad esos días valieron tanto como una carrera universitaria orientada a conocer las profundidades psicosociales del pueblo argentino. Y lo digo en plural pues fueron varios los días de pesar y luto que pasaron a enriquecer mi comprensión de algunos fenómenos políticos y que abrieron, en mis sentimientos, surcos tan desconocidos como inesperados. Con el peronismo –al que llegaba de una familia acomodada y por tanto profundamente antiperonista– descubrí emociones colectivas que hasta entonces había reservado al fútbol.

Sentirse parte de algo mayor y sentirlo desde la perspectiva de un quehacer que tiene que ver con el bienestar colectivo es, quizá, una de las experiencias más sana, más estimulante y más enriquecedora que he vivido. Tiene que ver, supongo, con los circuitos menos recientes de nuestro cerebro y su lento proceso de adaptación a la sobrevivencia a partir de la empatía y la compasión por el prójimo. Esos circuitos, de los que he hablado en artículos pasados, no son un invento literario ni un recurso ideológico, sino una realidad que emerge de los más recientes aportes de las neurociencias. Hacen a la esencia de nuestra conducta y –salvo posibles excepciones que desconozco– son parte del comportamiento de todas las entidades vivas.

El desgarro que provocó la muerte de Perón es diferente, definitivamente, a la ansiedad que generó la muerte de Kirchner. En el primer caso se trataba de la muerte del padre en un país adolescente. Perón parió, simbólicamente, un pueblo que estaba oculto e invisibilizado por los dueños del dinero. Su muerte creó, en ese pueblo, una profunda sensación de desamparo. Por su parte, la súbita desaparición de Néstor Kirchner encuentra a ese mismo pueblo en otra etapa histórica luego de haber atravesado el desierto de dolorosas dictaduras y bárbaros experimentos económicos. Lo encuentra, además, en pleno proceso de restauración de las viejas conquistas sociales del peronismo y, por consiguiente, en plena recuperación de su autoestima. No percibo, a pesar del dolor, ni desamparo ni miedo y sí una fuerte determinación de llevar adelante el proyecto de construir un país donde la justicia social acabe con la exclusión.

Fuente: Diario Perú 21. Sáb. 30 oct '10.

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jueves, 28 de octubre de 2010

El conservadurismo mundial sólo se puede mantener desde la estupidez.

La estupidez y la esperanza
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Por: César Hildebrandt (Periodista)

¿De dónde viene tanta estupidez? ¿Qué fábrica trabaja día y noche haciéndola? Me imagino corporaciones cenicientas planeando estupideces, creándolas, mercadeándolas, adivinando qué nuevos apetitos aparecerán, cuáles serán los mercados emergentes.

¿Ha sido siempre así?

Supongo que no. Una cosa es la ignorancia en la que Europa se sumergió durante buena parte de la edad media y otra cosa es la contenta estupidez contemporánea. La ignorancia permite la inteligencia y, muchas veces, un gran talento marcha en paralelo con la más extrema delgadez cultural. La estupidez, en cambio, es exigente y totalitaria y exige la servidumbre del sujeto, la entrega completa a sus designios, la obediencia ciega a sus mandatos.

Quizá lo novedoso -y sombrío- de este siglo es que la estupidez se ha hecho mérito y virtud. Por eso es que los estúpidos están orgullosos de serlo. Y que muchísimos de ellos son recompensados precisamente por ser estúpidos. Y que la estupidez empieza a ser, en muchos rubros, un canon, una norma, casi un requisito. O sea que ser estúpido rinde.

Es tan importante la estupidez y tan extendido su predominio en el mercado del trabajo, sobre todo en aquello que tiene que ver con la comunicación, que algunos tienen que simularla para cobrar la quincena. Son los estúpidos fingidos. En RPP, por ejemplo, hay varios. Uno de ellos entrevista a Keiko Fujimori, la hija del jefe de una banda de ladrones, la engreída de un asesino mediato condenado a varias decenas de años en prisión, y formula el siguiente comentario: "Yo me pregunto -dice con voz dulzona-, ¿cómo hace esta candidata para subir y subir en las encuestas si apenas hace campaña?". Es un camaleón que ha servido a muchos amos -especialmente a Velasco, a García y a Fujimori-, y que ahora se hace el estúpido por si acaso vaya a tener que servir otra vez al fujimorismo regurgitado. ¡La estupidez como negocio!

Hacer estúpida a la gente es la inversión más rentable para el gran dinero que controla el mundo. Porque los estúpidos no se enteran y son felices, no están interesados y son felices, no piensan y son felices, compran y son felices. Y no causan mayores problemas y son felices. Son felices y hacen felices a los que los han hecho estúpidos para poder ser felices. ¿No es un encanto?

Porque una cosa es la felicidad personal por un buen día, una buena mujer, una profesión bien escogida, un destino hecho a pulso, y otra es aquella que viene de la inconsciencia, de la negación del otro, del olvido de la solidaridad como esencia social humana. Yo no podría comer frente a un niño hambriento: se me atragantaría cada bocado. El sistema actual, sin embargo, me exigiría que yo comiese sin culpa porque proclama, entre otras muchas cosas, que el hambre es una opción escogida por los corruptos africanos, los anárquicos sudamericanos y los ensimismados indios. Exige también que expulsemos del diccionario la palabra justicia. Claro: si no hay justicia, tampoco hay injusticia.

Todo entonces debe reducirse a este pandemonio de egoísmos rastreros, a esta guerra de mercados, a este mercado de las guerras. Y para ser feliz en un mundo como este hay que ser un estúpido violento, un autista moral, un pequeño canalla. En el Perú: un fujimorista.

Cuando vinieron los 60, el mundo era pura lucidez combatiente. La derecha mundial entendió -no sé si en Bilderberg o en cualquier otro lugar- que eso no podía continuar así y que una sociedad cuestionadora y en ebullición era irreconciliable con los planes que las derechas de Estados Unidos y Europa tenían para el mundo. Así que empezaron una campaña planetaria que supuso la mayor guerra de desinformación jamás desatada.

El pretexto fue magistralmente escogido: las tiranías comunistas eran, en efecto, tan esperpénticas que presentarlas como el ideal al que aspiraban todos los rebeldes de Mayo del 68 fue el primer terror sembrado. La izquierda fue tan cretina que siguió defendiendo, con Castro a la cabeza, los regímenes criminales de Checoslovaquia, Hungría o la República Democrática Alemana, donde pasaban vacaciones algunos peruanos aventajados. Después vinieron otros miedos, otras batallas. Los miedos cundieron y las batallas las perdió el progreso. El paso siguiente fue, y dado que los comunistas sólo querían muros y balas, convencer a los socialdemócratas de que "estar en el sistema democrático" suponía defender también el capitalismo salvaje y sin sindicatos pregonado por Thatcher y Reagan.

La gran conspiración ha funcionado. Ahora los medios de comunicación están, casi por decreto-ley, condenados a ser estúpidos. Y lo están porque son parte del conservadurismo mundial que gobierna y que hay que mantener en el gobierno. Y ese conservadurismo mundial sólo se puede mantener desde la estupidez. De modo que el método es claro: fabricar estúpidos para el rebaño mundial de consumidores anuentes, que a eso nos han reducido los que cortan el jamón.

La fórmula para hacer estúpidos es una vieja receta de algunas abuelas con várices: sobre un sofrito de deportes, vierta usted en una olla dos trozos de farándula picada, un buen atado de crímenes, algunas gotas de violación, un chorrito de reality show (hecho por estúpidos para estúpidos), unos diez gramos de porno, dos cucharadas soperas de Hollywood dinamitero, cuatro campañas de miedo, una pizca de islamofobia, 40 gramos de xenofobia, medio kilo de individualismo carnicero, y revuélvase bien antes de cocinarse a fuego lento durante toda la hora del noticiero. Sírvase caliente.

Y para el reinado de la estupidez es imprescindible controlar los medios de comunicación, las universidades, los partidos políticos, los sistemas de intercambio y de becas.

Y todo está bajo un relativo control. Y todo aquello que no se puede controlar, cercar y dominar es satanizado, monitoreado por el FBI, calumniado por la gran prensa. O convertido en estrafalario, excéntrico, loco.

Para que esta sí "perfecta dictadura" jamás cambie en lo esencial se requería un nuevo público. La mala ópera ahora es buena: su soprano apócrifa suena a la Callas, su tenor a Carusso, su orquesta de segunda a la sinfónica de Chicago. La mala ópera se canta ante un público que apenas oye. Eso es lo que ha sucedido. La estupidez aplaude a un mundo que terminará muriendo de empacho y hambre a la vez. Sólo hay un teatro en esa triste calle. El otro quebró porque no cambiaba de función.

Es el gran triunfo de la oscuridad.

Lo curioso es que esa oscuridad se presenta con luces y megáfonos, con ruidos de alegría y exclamaciones de placer.

A mí me da mucha risa cuando se habla de la sociedad de la información. Eso será para el vértigo de las transacciones de la bolsa de Londres, para el dato que parte, como un rayo, de Singapur a Nueva York en una maniobra de especulación. En cuanto a la gente, me atrevo a decir que ha habido pocas sociedades menos informadas que la nuestra.

A mí el pesimismo me carga porque es el camino de los quejicas y de los que no necesitan competir porque ya perdieron. Pero el optimismo de los estúpidos me carga más todavía. Y me carga el estúpido asunto ese de que tenemos la mejor comida, los mejores paisajes, las mejores iniciativas y el más envidiado de los horizontes si seguimos vendiendo piedras y aeropuertos. Es que aquí también ha triunfado el plan global del desenchufe cerebral. Basta leer Somos para entender cómo es que El Comercio percibe el periodismo de hoy: como afrodisíaco, como opiáceo y como fuga. O como aburrimiento, que es peor. Todo con tal de no contarnos cómo hace para impedir que los intereses chilenos sigan roncando en su directorio.

Mientras escribo estas líneas veo las noticias sobre Francia. Otra vez Francia nos devuelve la humanidad. Hay miles de personas en las calles protestando por lo que quiere hacer Sarkozy con las pensiones. No es que lo que quiera hacer el presidente francés sea particularmente grave. Es que millones de franceses han recordado que alguna vez hubo una Comuna, una revolución, unos derechos, una destitución de momias gobernantes, una ciudadanía nacida en el país de la razón y esparcida por el mundo. Una ciudadanía que gente como Sarkozy -o Berlusconi, o Cameron, o Merkel- no respetan ni respetarán si los privilegios del gran capital pueden verse afectados. No sé en qué terminará todo esto, pero amo a Francia más que nunca.

Fuente: Semanario "Hildebrandt en sus trece" (Perú), 22 de octubre del 2010.

martes, 21 de septiembre de 2010

Alemania y la xenofobia contra los musulmanes. Neoracismo en la sociedad europea.

Thilo Sarrazín

Por: Manuel Rodríguez Cuadros Ex Canciller)

Muy pocos alemanes, aun los que a solas podrían haber soñado con una extrema derecha populista, inexistente en la democracia germana, habrían imaginado que en las dos últimas semanas el centro del debate político haya estado dominado por tesis que recuerdan el pasado del nazismo. “Alemania se disuelve: Cómo ponemos en juego nuestro país”, es el título de un pequeño libro escrito por Thilo Sarrazín cuya primera edición de 25,000 ejemplares se agotó casi con la misma velocidad que el escándalo nacional que suscitó por las ideas racistas y xenofóbicas que postula.

El pensamiento de este economista, nacido en 1945 en la localidad de Gera, militante del SPD, ex ministro de finanzas de la ciudad de Berlín y miembro del directorio del Bundesbank, ha sacudido las estructuras éticas, intelectuales y políticas de la sociedad y el Estado. No es para menos. Sarrazín ha soltado una bomba, más mediática que académica: Alemania correría el riesgo de disolverse como nación por los supuestos impactos negativos que la falta de integración de los inmigrantes musulmanes estaría provocando en la sociedad, la cultura y la demografía del país.

Actualizando las viejas tesis del determinismo biológico de origen darwiniano, Sarrazín sostiene que judíos y vascos comparten un gen que los torna irreductibles a la integración en otras sociedades. Una cosa similar sucedería con la cultura islámica. La débil o inexistente integración de cuatro millones de musulmanes a la sociedad alemana se explicaría por su carácter “naturalmente” contrario al acceso a la cultura del otro y a la Educación. “En toda Europa los inmigrantes musulmanes (turcos y árabes) se integran claramente peor que el resto de grupos” y “las razones para ello no son étnicas, sino que aparentemente se encuentran en la cultura del Islam”.

Para Sarrazín, los inmigrantes musulmanes no contribuyen en nada a la prosperidad de Alemania y sus altas tasas de fecundidad habrían traído como consecuencia la reducción del coeficiente intelectual colectivo de la población alemana. Además argumenta que muestran una predisposición a la holgazanería pues preferirían vivir de las prestaciones sociales antes que del trabajo. Su poco dominio del idioma estaría provocando una “disminución del nivel y calidad del aprendizaje en todo el sistema educativo alemán”.

En entrevistas concedidas a “Weltam Sonntag” y “Berliner Morgenpost”, refiriéndose implícitamente al pueblo judío, dijo que las peculiaridades culturales de un pueblo “no son una leyenda”, sino que determinan “la verdadera realidad de Europa”. El fondo de su tesis es simple: Alemania corre un riesgo de islamización y debe evitarse.

El neoracismo, arropado de diferencia cultural, de Sarrazín ha sido rechazado por la clase política alemana, educada desde la post guerra en una sólida cultura de respeto a los derechos humanos y los valores democráticos. La Canciller Angela Merkel condenó con énfasis las ideas de Sarrazín: “Los comentarios son totalmente inaceptables, también son excluyentes y desprestigian a grupos completos en la sociedad”. Lo propio hizo el presidente federal Christian Wulff. El Bundesbank lo ha expulsado de su directorio. Pero una encuesta del Instituto Emnid estableció que uno de cada cinco alemanes apoya sus ideas. ¿Surge con Sarrazín una extrema derecha alemana? Todo indica que no. Que será un caso aislado. Pero no hay que desdeñar la opinión de Ulrich Kober: “No somos tan diferentes de nuestros vecinos. La xenofobia y el potencial anti-musulmán están allí. Desde luego, no apostaría mi vida a que Alemania es una isla de cordura”.


Fuente: Diario La Primera (Perú). 16 de setiembre del 2010.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La Aristocracia y su crítica al Antiguo Régimen.

En el salón de Madame Geoffrin en 1755, 1812. Château de Malmaison, Rueil-Malmaison, Francia.
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La pobreza de los ricos

Por: Ricardo Vásquez Kunze

Una tormenta se ha desatado esta última semana sobre los ricos de Lima. Sobre las grandes familias de apellido y de dinero y sobre sus hijos y nietos que estudian en las más caras universidades de la capital. Su pecado: simpatizar alegremente y pronunciar su voto municipal a favor de Susana Villarán, la candidata de Fuerza Social y su plataforma electoral del Movimiento Nueva Izquierda, el Partido Comunista Patria Roja y el Movimiento Tierra y Libertad.

La explicación que se ha dado a este fenómeno es, entre otros, cultural. Mi querido amigo Aldo Mariátegui, al que aprecio y respeto porque es de los pocos en el país con el que se puede tener una conversación interesante, sostiene la tesis de que es, precisamente, la falta de cultura de los ricos de estos tiempos la que ha llevado al sector AB a abrazar la causa de la señora Villarán. Las universidades de élite, sostiene Aldo, han cometido el grave error de formar técnicos expertos en materias específicas que redituarán mucho dinero para quienes las ejerzan profesionalmente, pero que más allá del “debe y el haber” no hay absolutamente nada. Por lo tanto, los universitarios de esos sectores pudientes no saben ni en qué mundo viven, ni de qué mundo vinieron ni a qué mundo irán. Y tiene toda la razón en esto último.

Sin embargo, en lo que no tiene razón es en creer que si los ricos de hoy tuvieran cultura, no votarían en contra de sus propios intereses, en este caso, por la señora Villarán y sus aliados. La historia, me temo mi querido Aldo, es categórica. No hay más que ver cómo la aristocracia más cultivada de su tiempo, se reunía en el siglo XVIII en el célebre Salón de Madame Geoffrin, presidido por el busto de Voltaire, para leer las últimas “nouvelles” de la Ilustración, en donde se hacía sátira y escarnio del Antiguo Régimen al que ellos mismos pertenecían.

Los miércoles de cada semana, madame Geoffrin ofrecía sus famosos “diners” para los “hombres de letras”, así se llamaba entonces a los intelectuales. En un famoso cuadro que se exhibe en Versalles, podemos ver cómo intercambiaban corteses ideas la célebre actriz madmoiselle Clairon, mientras Rousseau, el azote de los reyes, se entretenía con el músico Rameau, interpelados por el duque de Choiseul, ministro de Relaciones Exteriores, de Guerra y de Marina de Luis XV. También puede verse al futuro ministro de finanzas, barón de Laune Turgot, departiendo con el economista Quesnay, secundados a su vez por el gran naturalista Buffon y madmoiselle de Lespinasse, que también tenía otro famoso salón. Finalmente, D’Alambert, el padre de la Enciclopedia, financiada por la marquesa de Pompadour, la favorita del rey, aplaudía.

Ricos y cultura debajo de las pelucas empolvadas prendiendo la mecha con la que iban a hacer saltar, unos años después, su propio mundo. No es pues, querido Aldo, un asunto de cultura. Es, creo yo, un gran vacío espiritual, un hastío de la existencia, ese nihilismo suicida del que hablaba Nietzsche, el que lleva a abrazar a estos pobres ricos cualquier aventura que dé un mínimo de sentido a su vida, aunque esta termine con la cabeza en el tajo de la guillotina.

Fuente: Diario Perú 21. Lun. 06 sep '10.
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Recomendado:

sábado, 28 de agosto de 2010

Lo políticamente correcto: instinto de supervivencia, seguidismo intelectual, emulación mal entendida, izquierdismo pavloviano, etc.

Políticamente correcto

Por: César Hildebrandt (Periodista)

Lo políticamente correcto es una combinación de instinto de supervivencia, seguidismo intelectual, emulación mal entendida, izquierdismo pavloviano, tendencia a la manada, hipocresía limeña, apego a los dogmas del populismo en todas sus variantes, paternalismo disfrazado de indulgencia, inercia setentera y oenegismo con casa matriz en Holanda y cuenta en un banco panameño.

Lo políticamente correcto, por ejemplo, es decir que Hilaria Supa es una estupenda presidenta de la Comisión de Educación y que todos los que han objetado ese nombramiento son una sarta de fascistas o fujimoristas.

Pero no nos dejemos avasallar por los propietarios de lo "políticamente correcto".

Para mí, que nada tengo de fascista ni de fujimorista, el nombramiento de la señora Hilaria Supa en la cima de la Comisión de Educación equivale a decir que Mirko Lauer ha sido nombrado presidente de AIDESEP. O que PPK encabeza la organización Francisco Congo. O que Susana Villarán es directora del Instituto Peruano de Energía Nuclear.

Porque la señora Supa es una muy respetable quechuahablante y una respetabilísima y pública chacchadora de coca, heredera de los dueños originales de estas comarcas, tatatatataranieta de Guamán Poma y locuaz en esa lengua que, para nuestra vergüenza, los limeños no conocemos pero que debimos aprender. Todos esos méritos, no obstante, no alcanzan para que el destino de la Comisión de Educación le sea obsequiado por el señor Humala.

Porque resulta que el artículo 48 de la constitución vigente dice a la letra: "Son idiomas oficiales el castellano y, en las zonas donde predominen, también lo son el quechua, el aimara y las demás lenguas aborígenes, según la ley".

Hasta donde sabemos, las pocas cosas buenas y las muchas estupideces que se dicen en el Congreso se dicen en castellano porque en ese recinto "no predomina" la lengua franca del Tahuantinsuyo.

De modo que en el Congreso, por más que Werner Cabrera se esmere, la lengua oficial es el castellano. Y la señora Supa, por razones ajenas a su voluntad y que tienen que ver con la viejísima discriminación que los quechuahablantes han padecido, ni habla ni escribe el castellano con un mínimo de competencia. Eso, por supuesto, debería avergonzar sólo a aquellos que han permitido que señoras como Hilaria Supa sufran el destierro lingüístico y la brutal exclusión social que eso supone.

Pero nombrarla presidenta de la Comisión de Educación es una manera equivocada, perversa y hasta irónica de entender la inclusión. Porque las propuestas y documentos que salgan de esa comisión se redactarán en el idioma que la señora Supa habla con dificultad y escribe con sufrimiento. Porque la educación peruana está en una severa crisis y lo que se espera de dicha comisión son propuestas especializadas y medidas urgentes que eleven el nivel de los profesores, actualicen los programas de enseñanza, modernicen la infraestructura y contribuyan a crear una masa crítica de formación humanista. Y porque, además, el Perú no se hace más igualitario con la señora Supa presidiendo la Comisión de Educación. Se hará más igualitario evitando que los hijos y los nietos de la señora Supa padezcan lo que ella ha tenido que padecer.

Hay, sin embargo, una progresía huachafa que gusta de la lástima y la condescendencia. Esa es la tribu que ha estallado en aplausos con el nombramiento de la señora Supa. Son los mismos que, en muchos casos, tienen personal de servicio mal pagado y peor tratado venido de las tierras donde el quechua es predominante. Son los mismos que tienen a sus hijos en colegios donde el inglés (o el francés) son las lenguas de enseñanza. Son los mismos hipócritas que jamás se sintieron prójimos sino "padres tutelares" de las comunidades serranas. Son los mismos a quienes les importa un pepino que la educación pública se siga degradando porque ni ellos ni sus hijos la han necesitado.

Nombrar a la señora Supa en el cargo que hoy ostenta es una manera sibilina de no honrar la memoria de Garcilaso de la Vega, cuyo esfuerzo le permitió ser quechuahablante originario y prodigioso escritor en castellano. Es una manera de recordar mal a José María Arguedas, quechuahablante ancestral y maravilloso escritor en castellano. Y es un insulto a Kilku Waraka, seudónimo del poeta cusqueño Andrés Alencastre, que, con dominio pleno del castellano, decidió, orgullosamente, escribir casi toda su obra en quechua.

Nivelar hacia abajo es una vieja utopía invertida de mediocres y resentidos. Y la verdad es que lo que se suele llamar "políticamente correcto" resulta muchas veces vomitivo.

Fuente: Semanario "Hildebrandt en sus trece". 20 de agosto de 2010.

Recomendado:

Hilaria Supa en Educación. Leon Trahtemberg.

domingo, 8 de agosto de 2010

La construcción de la Nación y el monopolio del patriotismo.

La república tutelada

Por: Nelson Manrique (Historiador y sociólogo)

La discusión sobre el desfile de Fiestas Patrias debiera revisar cómo se construye la historia patria y la relación entre civiles y militares. Tradicionalmente, el desfile militar –y su réplica escolar, el desfile militarizado de los estudiantes– constituye el núcleo de la celebración de nuestras Fiestas Patrias. Pero no existe ninguna razón por la que deba identificarse la Nación con sus institutos militares y a estos como los tenedores monopólicos del patriotismo. Que así suceda es una consecuencia del peso del militarismo en el Perú.

Basta revisar la historia para constatarlo: a lo largo de todo el siglo XIX sólo tuvimos dos presidentes civiles: Manuel Pardo en 1872 (que se pasó sus 4 años de gobierno debelando intentos de golpe militar) y Nicolás de Piérola en 1895, que llegó al poder gracias a una guerra civil. En el siglo XX estuvimos bastante más tiempo bajo el gobierno de militares y de regímenes cívico-militares que de gobiernos civiles. Un detalle que ayuda a entender nuestra derrota en la guerra con Chile es que mientras que entre 1821 y 1872 el Perú fue gobernado exclusivamente por militares Chile vivió hasta la guerra bajo gobiernos constitucionales, sin un solo golpe militar.

La Independencia del Perú sólo pudo conseguirse gracias a la intervención de dos ejércitos extranjeros, dirigidos por San Martín y Bolívar, respectivamente. Los peruanos que participaron lo hicieron o incorporándose en uno de estos ejércitos foráneos (se les sentía tan extranjeros que en 1826 se hizo una insurrección para obligar a las tropas de Bolívar a irse del país) o formando destacamentos irregulares, como las guerrillas de la sierra central. Pero nuestras conmemoraciones patrias presentan la Independencia como un logro de las fuerzas armadas peruanas, mientras que se excluye a las guerrillas y sus integrantes de la memoria oficial.

Revisemos la conmemoración patria de la mayor potencia militar del mundo: los Estados Unidos. Las fuerzas armadas de los EEUU han ganado dos guerras mundiales y son el más grande poder militar de la historia de la humanidad. Pero allí a nadie se le ocurriría celebrar su día nacional con un desfile militar. Para los norteamericanos la conmemoración del 4 de julio tiene el sentido de una gran fiesta popular, con representaciones festivas que recrean episodios históricos de la guerra de la Independencia, en las que marchan hermanados los soldados junto con los guerrilleros que realizaron esa gesta. Se trata, ante todo, de la reafirmación de la idea de que la construcción de la Nación es una tarea de todos y que los militares no tienen el monopolio del patriotismo. Por algo desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido un solo golpe militar en los países desarrollados. Huelgan las comparaciones. No hay pues razones históricas que justifiquen el papel que se otorga en el Perú a lo militar en la conmemoración de la fiesta nacional.

La razón que subyace a esta manera de representarse el patriotismo es la pretensión de que las FFAA son “instituciones tutelares de la Patria”, una fórmula repetida una y mil veces en los discursos oficiales. Este discurso fue muy útil para utilizar a los militares para mantener apartados del poder al APRA y el PC, cumpliendo el papel de “perro guardián de la oligarquía”, según recordó Juan Velasco Alvarado en un discurso.

Tutela, de acuerdo al Diccionario de la RAE, es la autoridad que se confiere a alguien “para cuidar de la persona y los bienes de aquel que, por minoría de edad o por otra causa, no tiene completa capacidad civil”. A ese nivel de minusvalía se reduce a la Patria en este discurso patriotero. Y si ya es disparatado pretender que la Patria debe ser tutelada lo es aún más pretender que son las FFAA las llamadas a ejercer una tutela sobre la institución política por excelencia, cuando, de acuerdo a la Constitución, ellas son una institución apolítica (Art. 169°).

Una relación saludable entre civiles y militares sólo es posible allí donde el poder militar se subordina al poder civil, como manda la Constitución. Lo demás es tener espíritu de rabonas.

Fuente: Diario La República. Mar, 20/07/2010